martes, 5 de diciembre de 2017

PATÉTICO: EL ÉXODO VENEZOLANO

Tribuna de Opinión
Por ANIBAL GONZÁLEZ COMAS
UN SERIO PROBLEMA SOCIAL EN CIERNES
Causa una profunda tristeza observar el éxodo diario de miles de venezolanos que huyen de su patria, acosados por un gobierno dictatorial que los persigue sin piedad.
El cuadro es desgarrador.  
El incesante peregrinar por la frontera colombiana primero – por la ciudad de Cúcuta – y luego desde Ipiales (Colombia) a Tulcán (Ecuador), para alcanzar por el sur la frontera con Perú a través de paso fronterizo de Huaquillas parece no ser propio de estos tiempos del siglo XXI.
El tránsito diario de peregrinos sin destino cierto supera los dos mil, al decir de la autoridades aduaneras.  Muchos quedan a probar suerte en Colombia y en Ecuador, pero no hay espacio para las aspiraciones de trabajo de esa marea humana.
Ese excedente continúa bajando hacia el sur en busca de panaceas que – hipotéticamente – podrían encontrar en Chile y Argentina.
La inmensa mayoría son jóvenes; mujeres y hombres por igual viajan sin rumbo cierto en busca de un horizonte que los contenga; pero es difícil lograr ese objetivo en un continente cuya oferta laboral no alcanza para satisfacer las demandas de tantos otros dentro de la frontera de sus propios países. 
La inmensa marea humana de venezolanos continúa sin pausa, aun a sabiendas que todo será difícil de cara al futuro.
De camino, en su marcha con destino incierto, van realizando cualquier tarea que pueda resultarles de ayuda para juntar unos pocos dólares necesarios para seguir esa peregrinación del destierro voluntario. Ya se los ve limpiando casas y terrenos, ya vendiendo ‘arepa’ (una especie de torta asada hecha en base a maíz), ya vendiendo chucherías en el transporte público… ya ofreciéndose por cinco dólares las jóvenes más audaces… triste cuadro que no podemos pintar de cuerpo entero...  como seguramente lo habría realizado con éxito la mano tierna de Oswaldo Guayasamín o lo habría descrito con profunda justeza el poeta y escritor ambateño Dr. Fausto Palacios Gavilanes, a quien tenemos el gusto de conocer.
El jueves 16 de noviembre fuimos testigos en la frontera norte del Perú del paso de seiscientos venezolanos que pugnaban por lograr la visa para transitar ese territorio desde las nueve de la mañana… y es así todos los días.
Es patético observar a jóvenes mujeres llorando desconsoladas, porque tuvieron que huir de su tierra, abandonado todo: arraigo, estudio, trabajo, amores… ¡todo!... con un futuro incierto hacia adelante; es desgarrador observar a parejas de jóvenes con hijos pequeños peregrinando sin destino cierto.
Sólo se puede rescatar la actitud valiente y solidaria de estos hermanos del continente emancipado por Bolívar y San Martín, entre otros tantos que soñaron con un futuro mejor. Solidarios en la desgracia, comparten los pocos alimentos, los escasos recursos para poder continuar su viaje hacia quien sabe qué destino.
Al desencanto lo expresan juramentando – en su mayoría – que nunca más regresarán a su tierra…
Desde esta realidad, ante tantos miles de personas que pugnan por incorporarse a la oferta laboral de otros países que tienen sus propias dificultades, el cuadro de preocupación se multiplica.  La desesperación por hacer algo para lograr sustento, es carne de explotación por parte de los especuladores y de allí nace el perjuicio hacia otros sectores de asalariados que se ven afectados porque la oferta laboral hace que se produzca una sensible baja en la paga diaria, que se cae hasta en un cincuenta por ciento en muchos casos.
Entonces nace otro serio problema social, en ciernes todavía, pero que a corto o mediano plazo provocará un impacto severo en las economías familiares de innumerable cantidad de trabajadores.  Un problema anexo que merece ser analizado antes que sea demasiado tarde.
Es que ya se escucha en el murmullo popular altisonancias que hacen notar lo que se avecina, ante la falta de espacio laboral para contener a tantos que se incorporan de forma extemporánea.
Si algo hay para atemperar este fenómeno social es el grado de preparación, el nivel de educación de esta masa humana que huye de su tierra, producto de la barbarie del estado. Al menos, hay un capital que puede insertarse en la vida activa sin distingos de banderas.
Pero - para finalizar - el panorama es dramático y desgarrador, hay que verlo para darse cuenta de la gravedad de lo que está ocurriendo en nuestro continente.

Alguien deberá poner un freno ante tanta crueldad.